Entrados en la segunda parte del año las expectativas de cambios gubernamentales en el 2012 comienzan a marcar la vida diaria de nuestra sociedad. Paulatinamente lo poco que permanece de la vida institucional va coloreando su presencia de acuerdo a las preferencias que lo sustentan, y regresamos a un período de buenas intenciones en el que la oferta política ya no alcanza a prometer un futuro mejor y, por el contrario, comienza a reclamar mayores sacrificios humanos, culturales, económicos, sociales y políticos a condición de no llevarnos con todo y nuestras familias a la catástrofe.
La teoría del Shock, expuesta por Naomí Klein, parece explicar la estrategia de militarización y endurecimiento que marcan las políticas gubernamentales más recientes, las cuales inducen a la población a aceptar la pérdida de derechos y prerrogativas que establece la ley, apoyadas por una campaña mediática de intimidación, con la expectativa de contar con seguridad personal y familiar; como se perfila en el caso de la Ley de Seguridad Nacional, con la que se pretende echar por tierra las garatías que ofrece la Constitución Política a cualquier persona.
En la medida en que la sociedad se atemoriza y retrae a los rincones televisivos, las ofertas electorales dejan de prometer un futuro mejor y se trastocan, casi imperceptiblemente para la población, en una promesa de que no seremos los próximos daños colaterales en esta larga historia de crimenes y opacidad gubernamental.
A pesar de las amenazas, y la confusión que propician las campañas electorales, aún queda el camino de la información, el diálogo y la transparencia para desaparecer a los “hombres de paja” que cincuenta mil veces han lastimado a la ciudadanía en los últimos años, y exhibir las complicidades empresariales, financieras, políticas y gubernamentales que dan vida “al mal” abominable sobre el que hoy se han montado
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