Diálogo en Marcha

Arturo Fabián Zavala Soto

 
 

Micrópolis - 14 de mayo de 2011


La marcha por la paz celebrada el 8 de mayo pasado constituye, sin duda, una de las expresiones más sentidas de la sociedad en los últimos años, que ha tenido un importante eco en diversas ciudades del país y, podría decirse, en el corazón de la sociedad mexicana. Esta movilización, convocada por Javier Sicilia con la compañía de diversos actores  y acogida fraternalmente por la UNAM, el EZLN, MORENA, parte de la jerarquía de la Iglesia Católica, el movimiento No Más Sangre y representantes de diversas organizaciones no gubernamentales y sociales, viene colocando en el centro del debate colectivo el papel de la ciudadanía y, con ello, un rezago ancestral que distingue a nuestra vida cotidiana y cultura política: el diálogo entre sus actores.
A lo largo de las crónicas de los días previos y posteriores al mitin celebrado en el zócalo de la Ciudad de México, en la esquina que mira hacia el templo mayor, como indicara el propio Sicilia, pudo constatarse la discusión que subyace respecto a los vínculos entre instituciones sociales y políticas con la sociedad civil, y la ausencia puentes sólidos de comunicación entre los diversos actores de la sociedad que mantienen su autonomía de intereses políticos. El desarrollo de los eventos mantuvo un permanente llamado a respetar la integridad de la convocatoria y a no hacer uso político partidario de la movilización respetando su carácter ciudadano; sin embargo, dicho llamado puso también en la mesa de la reflexión diversas preguntas que deben contar con una respuesta clara: ¿Cuál es el papel de la ciudadanía?, ¿es el ciudadano un ente puro aislado de la inmundicia en que se desenvuelve actualmente el sistema político, o por el contrario quien se compromete éticamente en su vida cotidiana con la búsqueda de opciones para revertir esa condición?, ¿cómo se inscriben en este discurso los esfuerzos realizados previamente por diversos grupos y organizaciones de la sociedad?, ¿no se define la ciudadanía por su interés constante en los asuntos públicos y de la comunidad, por lo cual tiene un carácter rigurosamente político?
Independientemente de los alcances y resultados que la Marcha por la Paz obtenga en los próximos meses su presencia y convocatoria amplían las fronteras, bastante agraviadas por la dinámica político-institucional de los últimos años en el país, del diálogo entre los actores de la ciudadanía; contribuye en ese sentido cuando expone la crítica contundente a los partidos políticos por los vínculos de muchos de sus integrantes con el crimen organizado y la corrupción, dejando ver que se han sometido los principios de sus idearios políticos a la conveniencia de obtener prerrogativas institucionales y beneficios criminales con la anuencia u omisión de sus dirigentes, ante lo cual procede, cuando menos, el deslinde, el pronunciamiento político y el establecimiento de compromisos éticos por parte de actores ciudadanos que militan en esas instancias y que se mantienen interesados en la reconstrucción de las instituciones, para permitir su reencuentro con la sociedad.
Igualmente abonan a este debate los diversos comentarios de actores sociales y ciudadanos que han dado cuenta de la inconveniencia de reclamar, por parte de Javier Sicilia y el grupo que lo acompaña, cambios en las políticas establecidas por la “guerra contra el narcotráfico” a quienes han sido los responsables y principales interesados en implementarlas, soslayando los intereses subyacentes que se protegen dentro de la dinámica de la recomposición de los mercados internacionales de drogas, la introducción de armas al territorio nacional por parte de EUA, las decisiones que atentan contra la calidad de vida de la población, los efectos de la violencia en los estados del norte del país sobre la migración y, por supuesto, la lucha por la sucesión presidencial en el 2012; además de la responsabilidad que, se quiera o no, la convocatoria planteada tendrá en el entorno electoral de los próximos meses.
El llamado de este movimiento tiene ya una gran significación por constituir un relanzamiento del diálogo ciudadano en nuestra sociedad; además de su relevancia social y cultural como expresión de protesta frente a la violencia irracional, la “Marcha por la Paz” conforma paulatinamente un foro plural de encuentro entre diversos actores abocados a deliberar e incidir en  las formas  gubernamentales de atender los asuntos públicos, en la construcción de mecanismos para implementar el escrutinio ciudadano sobre el poder público,  en una vigilancia sobre las formas de ejercer la representación de la población y, fundamentalmente, en un esfuerzo para reencauzar el espacio público hacia sus fin original como articulador de la sociedad a partir de la intervención directa de la ciudadanía, después de ser secuestrado por el poder económico de grandes intereses, por la complicidad con grupos criminales y por el alejamiento, desconocimiento, omisión y desprecio de muchos gobernantes sobre la vida y aspiraciones de la población del país. Los retos no son menores, y solo podrán ser enfrentados con el esfuerzo colectivo y fraterno de la diversidad  impredecible que distingue a nuestra sociedad civil, pero nos falta que el diálogo entre sus actores derive en la conciencia de sí misma y sus capacidades, para romper con la "colonial" tradición de que la población solo habla y se escucha a traves de voces de la oligarquía nacional o "clase política".