Vagón Tomado

Arturo Fabián Zavala Soto

13 de mayo de 2011

 
 

Corrían los primeros días del mes de mayo por las calles del Centro Histórico de la Ciudad de México, cuando los festejos previos al día de las madrecitas dirigían su mirada a las madres que se habían agrupado alrededor de la convocatoria de Javier Sicilia para llorar a sus muertos y efectuar un recorrido que reclamaba el freno a la violencia y al absurdo de vivir enmedio del terror. Después se diría, al finalizar la marcha de 8 de mayo, que a los 40 mil muertos del holocausto nacional hay que nombrarlos; hay que esclarecer y exhibir las condiciones de sus muertes como pruebas de una realidad que se oculta mustiamente; como partes de una verdad que se niega en el mundo de la intoxicación mediática a fin de someter la conciencia y la reacción enardecida de la población ante el abuso y el crimen como medio para la generación de ganancias económicas y políticas.

Ese día, después del mitin efectuado en el Zócalo, caminamos de regreso por Avenida Juárez, casi arrastrando los pasos para posponer el encierro en el metro que nos sacaría de ahí. Degustamos despacio y entre charlas breves los últimos rayos de un domingo soleado y lleno de gente con carteles, insignias, camisas blancas y manchadas, sombreros para el sol, gritos y silencios; la incertidumbre sobre el futuro de la movilización y las crónicas informales ofrecidas por familiares de víctimas de esta "Guerra Oficial" se combinaban con el cansancio y el hambre para mermar el ánimo que sostuvimos arriba, como mástil de velero cortando un trozo de cielo en el mismísimo centro del Pacífico, a las tres de la tarde. A esas horas de la noche, en cambio, ya no podía borrar de mi mente las imágenes que me formé al conocer la narración del papá que describía con detalle la muerte de su hijo y la casual forma como uno de sus amigos salvó la vida; ni la entereza impresionante de una madre que vino a la marcha para incorporarse a esta demanda, cargando el inimaginable dolor de tener a una hija desaparecida; llegaba el momento en el que uno se convence de que hay ciertas cosas que deben posponerse para mañana, si no se quiere "derrapar" en el camino mojado.

Miraba cómo se suceden rápidamente las ventanillas de los vagones del metro cuando llega a la estación, preguntándome si la frecuencia con la que reducen su velocidad frente a mis ojos es constante; escuchaba como autómata condicionado la alarma que anuncia el cierre de puertas, cuando caí en la cuenta de que algo ocurría en aquel vagón; algo que parecía sintonizarlo con todo lo sucedido en aquel día y con nuestras tribulaciones: el vagón parecía haber asistido a la marcha. Muchos de los espacios de publicidad habían sido invadidos por papeles pegados improvisadamente; otros estaban cancelados con una larga tira que exponía un texto a manera de consigna política. De momento reaccioné como quien llega a un lugar conocido y familiar pero pronto me percaté de que ése era un "vagón tomado"; las consignas, por supuesto, eran políticas y críticas, y apelaban a un cambio en la actitud y a un compromiso, pero a través de la literatura. Cada uno de los carteles y tiras aportaba una referencia literaria que apelaba a la libertad y al valor de lo humano y, repentinamente, tuve frente a mí un texto que parecía estar escrito ahí para nosotros

"El alfarero de Ceará quiso saber.

Por fin el hombre recuperó el habla,

y contó que el papagayo se había ahogado

y la niña había llorado

y la naranja se había desnudado

y el fuego se había apagado

y el muro había perdido una piedra

y el árbol había perdido las hojas

y el viento había perdido una ráfaga

y la ventana se había abierto

y el cielo se había quedado sin color

y el hombre sin palabras.

Entonces el alfareró reunió toda la tristeza.

Y con esos materiales, sus manos

pudieron renacer al muerto"

(Eduardo Galeano y Antonio Santos Leyenda del nordeste brasileño. Historia de la resurección del papagayo)

El texto me cayó como balde de agua fría. Intempestivamente sentí que recargaba energía en el corazón al darme cuenta de que representaba una metáfora de nuestro esfuerzo en esos días. No supe, ni sé aún, si con esta movilización podrán alcanzarse inmediatamente cambios relevantes en un sistema social que ha profundizado la forma de someter y usufructuar la vida de la población; pero me quedó la certeza de que esa población, al devolver la mirada a sus muertos, al deterioro de su calidad de vida, a sus sueños marginados, encontrará la fuerza para transformar la convivencia que la viene lastimando

Rápidamente buscamos indicios de los autores intelectuales del "vagón tomado", especulando sobre sus posibles vínculos con la red de Anonymous de internet, los "Black Blocks" o algo parecido, y tomamos algunas fotografías como pruebas contundentes de que la literatura crea mundos y caminos, y aclara, y subvierte, y reconforta. Solo encontramos la firma de ese grupo clandestino que pareció "pitorrearse" de nosotros con su nombre, "Urbanoides Dinámicos". (http://urbanoidesdinamicos.blogspot.com), quienes titularon a su trabajo como "citas métricas", en lo que suponemos es un operativo para recordar a los autómatas que se distribuyen a lo largo de la metrópoli por estos conductos subterráneos que la naturaleza humana todavía tiene esperanza, y que existe un comando clandestino que opera en las redes del metro a fin de inocular a los pobladores con la idea de que a los anuncios comerciales y a las órdenes sistemáticas que nos conducen por los laberintos de la economía corporativa de este planeta, y que nos han llevado por el camino de la guerra, debemos anteponer las expresiones más humanas, para detenerlos y encontrar un sentido más pleno y solidario en nuestra vidas.

"¡Aprendan a reír por encima de ustedes!", decía una tira pegada encima de la puerta de salida que tenía a mi alcance.

El tiempo para entonces transcurría con mayor velocidad; la tensión en el vagón había crecido y los pasajeros inquietos se dirigían unos a otros, ya exaltados, para señalar las referencias pegadas en los diversos sitios, que habían pasado inadvertidas para ellos hasta aquel momento; ese reducido espacio se convertía segundo a segundo en una pequeña célula del tejido de nuestra sociedad, replicando su conflictividad, su reticencia a mirar lo que ocurre alrededor, su temor a la irreverencia, su angustia ante lo inamovible y su entusiasmo esperanzado ante el inesperado discurso epistolar. Sólo alcanzamos a tomar algunas fotos y casi arrojarnos al anden para bajar del metro que ya parecía conducido por un microbusero de la Calzada de Tlalpan. Después de checar que todos estabamos bien, y que también bajamos mochilas y chamarras, alcancé a ver a lo lejos cómo se arremolinaban los papeles del anden atrás del último vagón, donde veníamos, cuya luz parpadeaba ligeramente al alejarse.