De mañana a mañana.

Arturo Fabián Zavala Soto

Enero de 2011

 
 

 

Con una semana de fin de año tranquila y una larga serie de fuegos pirotécnicos sincronizados con la música que los acompañó se dio por concluido, en las celebraciones que organizó el Gobierno del DF en el remozado Monumento a la Revolución, el año 2010 y se inició un año que “pinta” muy “movido”. Para los habitantes de la Ciudad de México las fiestas de fin de año siempre constituyen un espacio que reanima los esfuerzos y el buen humor; renuevan la disposición para continuar con los retos y tareas que tenemos al frente y que, una vez concluidos los compromisos familiares generados por el institucionalizado puente “Guadalupe-Reyes”, regresan a formar parte de nuestra vida cotidiana.

No obstante el buen sabor de boca que nos dejan las celebraciones, el regreso a las actividades durante las primeras semanas de enero transcurre “a medio gas”; en parte porque la actividad económica sufre la tradicional caída significativa (la “cuesta de enero”); en parte porque el regreso es heterogéneo (unos regresan el tres y otros regresan el diez de enero -¿y quien firma?-); y en parte también porque el clima invernal choca con la dinámica de los quince días previos. Vivimos el regreso a las actividades “normales” con cierta renuencia a alcanzar los estándares propios de la ciudad con el más alto índice de productividad y eficiencia del país y, seguramente en un futuro no muy lejano, del mundo globalizado.


Podríamos describir precisa y ampliamente el acontecer cotidiano en nuestra ciudad, pero en esta ocasión solo queremos resaltar los aspectos significativos de lo que vivimos en estos primeros  días del 01/11 (enero 11).


Durante la mañana el frío nos entume la sonrisa y las rodillas mientras buscamos un refugio del aire gélido y del paisaje de neblina gris que suele acompañar a los primeros momentos matinales de cada año, en tanto que continúan nuestros debates acerca del impacto que tendrá la “supervía” que construye el Gobierno de la Ciudad al poniente de la misma, y que no sabemos si es para desahogar el “supertránsito” que se verifica en esa zona todas las mañanas, o para crear una salida “cómoda” para los “transeúntes” de las zonas ricas de la ciudad hacia sus destinos de fin de semana. Por ahí de las diez de la mañana, cuando los rayitos de sol ya nos permiten relajar el músculo esternocleidomastoideo, la comunicación metropolitana se torna cálida con adjetivos y apelativos más subidos de tono acerca de las nuevas vialidades para ciclistas (“¿ciclistas? Yo pensé que eran fantasmas que con el sol salían del Palacio Postal a secarse el moho”?), con las que, todos esperamos, caminaremos hacia la racionalidad civilizatoria propia de los países más desarrollados del mundo, aunque aún no son claras las defensas que cubrirán el tránsito zigzagueante de un simple ciclista en nuestro terruño, ante el imperio avasallador del automóvil y sus “escuadrones de la muerte”, los “micros”.

Al mediodía llega la hora de la “socialité” en nuestra ciudad. Muchos mensajeros conducen rápidamente sus Mercedes, Volvos  y BMWs por diversas avenidas del centro, sur y poniente, para llevar a buen término las vitales instrucciones que la pléyade de Directores Generales, Directores Generales Adjuntos, Directores Generales Corporativos y Directores Generales Ejecutivos de los Gobiernos Federal, Local y Delegacional y de los Corporativos más competitivos del mundo global, han girado para mantener permanentemente estable la dificultad para comprender la dinámica de ésta metrópoli, o para alcanzar un positivo éxito en la gestión de algún trámite o servicio en las ventanillas de sus “áreas de responsabilidad”. En las oficinas, este “breve espacio” se traduce en una oportunidad para el acercamiento humano entre el equipo de trabajo, que suele romper el hielo mediante interesantes pláticas acerca de las canchas de tenis en el “club”, el último gadget y las tabletas digitales, el nuevo costo de los taxis  y la gasolina, los lectores ópticos de pupila para “checar” la asistencia a la oficina, las cámaras de seguridad de cada cubículo, las ocurrencias de funcionarios, los mensajes de Wikileaks, la deuda de la hipoteca, los chismes del facebook, los últimos descabezados y el saldo negativo en las apuestas del último torneo de “fut”. En el resto del mundo citadino, eufemísticamente denominado “la calle”, coexisten dos mundos opuestos que no se comunican,  el “formal” y el “informal”, entre los que el ciudadano común y corriente brinca como si fueran charcos, según sus necesidades y presupuestos: el desayuno en el mercado “informal” en tanto que las compras de oficina en el “formal”; la comida en el mercado “ambulante” junto con la música y las películas, en tanto que el cafecito de la tarde suele transcurrir en algún local más o menos habilitado pero con sus registros e impuestos al corriente (a veces colocan la última declaración de impuestos junto al menú, en la puerta). “La calle” de la metrópoli en estos días ofrece una vida intensa al visitante, quien puede toparse con excéntricas expresiones comunitarias, como las protestas por la construcción de paraderos del Metrobus en la colonia Narvarte, o el reclamo al gobierno federal por haber convertido al país en un reguero de sangre y a los ciudadanos, en algunas ciudades, en ganado que camina hacia el matadero; asimismo, ya es tradición que las aceras citadinas de los primeros días del año se colmen de aspirantes a conseguir un buen empleo, un empleo regular o, ya de plano, cualquier empleo que les permita “sacar las narices fuera del agua”; y de una amplia cantidad de “pequeños propietarios” encaminados a depositar en alguna casa de empeño de reconocido abolengo y usura los bienes susceptibles de “realización”.


Alrededor de las tres de la tarde, como sabe todo buen chilango que se precie, en esta ciudad se come; eso significa que en donde uno se encuentre a las tres, mas o menos, debe inmediatamente buscar un sitio adecuado a sus pretensiones y preferencias para llevar a cabo religiosamente ese sagrado ritual de sentarse frente a un plato de comida, aunque sea simplemente un caldo de pollo “lavado” (“rebajado” o “bautizado”, es lo mismo), pero rigurosamente acompañado de tortillas y salsa; y no es aceptable que se omitan los frijoles con o después del guisado, aunque sea una cucharadita; hacerlo solo refleja la ya mundialmente famosa actitud de “cuentachiles” propia de algunos restauranteros pichicatos, y no debe tolerarse por ninguna razón.


Una vez saciado uno de los instintos más básicos, la vida en la ciudad continúa su ritmo acompañada de una resolana que, para entonces, ya le cambió el color al cielo. Como a eso de las cinco de la tarde, la ciudad se convirtió ya en una pintura que recuerda los contrastes de los muralistas: dorados rayos de sol trenzados con árboles verdes, bajo una cubierta de azul inmenso. Es entonces cuando aflora la arquitectura que nos distingue: hermosa, buena, mala y horrible; si, efectivamente, en esas horas podemos constatar en qué hemos convertido a este valle inmenso: una mezcla ecléctica donde cohabitan los últimos vestigios de Mesoamérica con las pretensiones de modernidad de anteriores siglos y décadas aunados a la perenne improvisación ocasionada por la necesidad de tener dónde dejar caer el cuerpo rendido por las noches. En el poniente se erigen, a lo lejos, como en un largo escaparate que va del norte al sur, los altos edificios y complejos arquitectónicos que muestran la fortaleza de instituciones y corporaciones privadas en nuestra ciudad; por el centro, se mezclan las construcciones heredadas de los pueblos antiguos con estructuras representativas de lo que fue el siglo XX, salpicadas con elevados edificios que lograron colarse en huecos descuidados de las avenidas más comerciales, como mástiles clavados que enarbolan los logotipos de sus milicias empresariales. Por el oriente puede observarse un extenso manto de construcciones habitacionales y de pequeñas empresas, enmarcado por la figura de los volcanes que se obscurece paulatinamente con el paso de las horas, anunciando el momento de emprender el regreso al hogar.


Por estas fechas invernales, el reloj biológico chilango se activa al instante en que se percibe el más mínimo descenso en la temperatura. Solo basta escuchar un escueto “ya está haciendo frío” para que cada molécula, cada neurona y hasta cada hormona se disponga a realizar las tareas requeridas para dar por terminadas las labores correspondientes al día en cuestión. Mujeres y hombres se acercan entre sí como gallinitas buscando la parvada, elevando ansiosa la voz y aumentando el apremio con el paso de los minutos;  es entonces cuando tiene lugar la recuperación de una de las raíces más significativas de nuestra cultura que ha sido desestimada reiteradamente pero que emerge cada noche: la migración. Como si la ciudad viviera una catástrofe, la mayor parte de sus pobladores se lanza simultáneamente a la calle en busca de sus caminos de regreso o de transporte para huir del trabajo; la población irrumpe en ellas para encontrarse con las limitaciones propias de su caos, haciendo un “huequito” en el camión, un remolino en el metro, una fila en el repleto Metrobus y largas hileras de automóviles en lento avance por calles y avenidas. En las esquinas se agrupa la gente portando bolsas, abrigos y papeles en espera de compartir turno con los vehículos, y junto con luces de semáforos, silbatazos, radios y bocinazos escenifican un “performance”, una “puesta en escena” del encuentro de múltiples mundos representados por las más diversas indumentarias, lenguajes, destinos y estados de ánimo que fluyen como marabunta por las añosas calles y “ejes” citadinos, los cuales se encienden en una monumental descarga eléctrica compuesta con la luz de faros y luminarias. La ciudad exhala un enérgico impulso que se observa como una red de cientos de líneas iluminadas que llegan a todos lados, y que después de varias horas  reduce sus palpitaciones hasta lograr el ritmo cardíaco propio de la noche. Algunos temerarios se arriesgan a visitar salas de cine y cafeterías, o a comprar en alguno de los cientos de supermercados que invadieron el valle, pero el frío poco a poco vence las audacias y conduce a todos a casa, donde se enciende la vida virtual en pantallas de televisión o de computadora, para visitar playas y lugares enigmáticos de México y el mundo o mirar las novelas al pendiente de lo que dijo el comentarista, la cantante, la vecina, el suegro o el novio; o debatir el arreglo de la casa, el vestido de la niña, el costo de la luz, el recorte en la chamba y la mensualidad del “refri”; hasta que el sueño nos recuerda que todo eso puede esperar hasta mañana, y dichas estas dos palabras mágicas el reloj biológico chilango activa los genes y circuitos químicos conducentes para expandir una epidemia generalizada de bostezos que derriban en la cama hasta al más pintado, para dejar  que todo ocurra, precisamente, “hasta mañana”.