La edición en la era de la información

 
 
Arturo Fabián Zavala Soto

La edición constituye una expresión del movimiento de la sociedad; es una parte significativa de su reflexión acerca del mundo, de la vida cotidiana, de sus inquietudes y preocupaciones. Un grupo alcanza a organizarse y se ve impelido a difundir sus cuestionamientos, perspectivas y posturas, para convocar a la sociedad en la construcción de una idea del mundo y de ella misma. Sus motivaciones, contenidos y marcos de referencia estéticos reflejan el modo de ver de sus creadores y de los grupos que representan y, al mismo tiempo, los recrean. Se produce una inercia, sostenida por algún tiempo, en la que esta recreación cultural, efectivamente, construye un mundo mediante la legitimación de una perspectiva, o conjunto de valores estéticos y sociales.
¿Cómo ocurre este proceso en nuestro país cuando algunas estructuras de control corporativo y paternalista se desintegran, dando pauta a una aparente apertura en el trabajo editorial y periodístico?.
¿Que sucede con esta reflexión social ante el embate decidido de las corporaciones trasnacionales mediante la cooptación de múltiples medios de difusión?.
¿De quién son las herramientas de edición en la sociedad actual?
¿Cómo se transforman los espacios con que cuenta la ciudadanía para efectuar y compartir la reflexión sobre sí misma y sobre sus posibilidades y alternativas?
¿Cómo han penetrado los espacios editoriales las nuevas tecnologías y cuales son las huellas que dejan en el rostro de su trabajo?
¿Cómo vive el trabajo editorial el encuentro con otras culturas, anteriormente restringido, y el tránsito por los caminos que llevan a la mítica “aldea global”?

Estas y muchas otras preguntas se mantienen latentes al observar el trabajo editorial actual que, por diferentes vías, parece recibir embates que cuestionan su ancestral estabilidad: el primero de ellos corresponde, sin duda, a la insoslayable necesidad de redefinir el papel que juega la edición en la vida contemporánea. En tanto que el siglo XX conoció las virtudes y el suministro pausado del conocimiento enciclopédico y especializado de las tradicionales casas editoriales de abolengo casi colonial, el siglo XXI irrumpe de manera escandalosa con Google y Wikileaks, con la amenaza de la “desaparición” del libro en papel y con la “vulgarización” del papel de editor por “improvisados” blogeros, twiteros y hasta  algunos afectos al “face”; todo ello acompañado por la lucha en defensa de los derechos de autor en la época de la “multiplicación de los panes” digitales. Al trabajo editorial tradicional lo viene arrasando un huracán tecnológico y social, tal como la computadora arrasó a la imprenta a finales del siglo XX, y no queda claro en manos de quién habrá de quedar tan apreciada tradición, dada la caída de estas tareas en el regazo de la población común, o “vulgo”, que, dada la falta de empleo y la pésima programación de televisa, no ha tenido mejores opciones que aprender dos o tres “programitas” y verter en el teclado impresiones y pasiones producto de su imaginación y estado de ánimo, para “subirlas” posteriormente a un blog o sitio web acompañadas de algunas viñetas o fotografías copiadas de algún “buscador” y que, sin embargo, viene ocupando ya espacios en los que tiene lugar la reflexión y recreación de diversas comunidades de nuestra sociedad. El trabajo de edición se ha socializado.


Sin duda, una de las razones principales de los cambios de que somos testigos se encuentra en los desarrollos tecnológicos de los últimos tiempos. La computadora o “máquina universal”, como la denominó su diseñador, viene transformando hasta los más recónditos rincones de la vida actual gracias a diversas virtudes, entre las que se cuentan la representación de diversos procesos de la naturaleza mediante los “programas” o grandes algoritmos que conocemos como “software”, y el control que, mediante ellos, puede lograrse de los múltiples procesos sobre los que se desenvuelve la vida social. En el ámbito editorial, la penetración de la informática se inicia con algunos programas que atienden las necesidades de diseño de caracteres y su manipulación para la “formación”, y continúa sostenidamente hasta alcanzar avances importantes con programas de “segunda” o “tercera” generación, con los cuales es posible elaborar cualquier imagen y manipular cualquier fotografía. Hoy las barreras entre diseño, fotografía y video se han flexibilizado tanto que, a su vez, propician una nueva percepción de lo que puede entenderse como narración, creador y, por supuesto, editor; y la posibilidad de manipular y recrear o “reciclar” contenidos gráficos disponibles es casi infinita. En contraste, la creación literaria y conceptual prevalece en su autenticidad, aunque sujeta al huracán derivado del intercambio de información y datos que distingue la vida cotidiana actual. En esta dinámica, el libro impreso en papel, junto con periódicos, revistas, informes, solicitudes, trámites, etc. es sustituido paulatinamente por archivos digitales, y las tareas de edición que en otro tiempo ocupaban grandes esfuerzos de tiempo y dinero se han simplificado y “abaratado”, aumentando la rapidez y eficiencia con la que se pueden realizar sus actividades, y al alcance generalizado de la población.
Las nuevas tecnologías han llevado los ámbitos de la producción editorial a una moderna complejidad; en tanto que a principios del siglo XX  el original de una obra pasaba al corrector de estilo y posteriormente al impresor quien, después de pintorescas argucias y plazos, entregaba la obra para su promoción y distribución en las diversas librerías; en la actualidad el autor puede llevar directamente la obra al lector, si cuenta con elementos para el manejo de algunos programas de diseño y una sencilla experiencia en el mundo de los sitios de la red de Internet, lo que nos dice que “..nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”; ¿entonces, quienes son los editores?, o visto de otro modo ¿Cuál es el sendero de la producción editorial en la actualidad?.


Lo que a nuestro parecer salta a la vista es que la época de las grandes editoriales que alimentaban de cultura y conocimiento señalando los convenientes rumbos a la sociedad a través de sus vínculos con instituciones gubernamentales, educativas, sociales y hasta políticas ha concluido a consecuencia de que nos adentramos, desde hace una par de decenios, en un océano de mensajes y formas de comunicación; un océano de contenidos donde contienden por la legitimación o el reconocimiento las diversas formas de entender el mundo, para quienes la producción editorial, ese conjunto de habilidades, capacidades y formas creativas para llevar a un posible interlocutor un conjunto estructurado de ideas y expresiones capaces de conmoverlo, es el medio, que hoy sufre una profunda transformación a consecuencia de los avances tecnológicos comentados arriba y el acelerado acercamiento entre las diversas culturas del planeta gracias a la migración, el comercio mundial, la quiebra de los sistemas financieros nacionales y el Internet.


¿Qué nos orienta en la inmensidad del océano?, ¿hacia dónde nos dirige la Brújula?.

Aparentemente, el final de una época y el surgimiento de nuevos paradigmas parecen constituir un mecanismo que refresca el sentido de la producción editorial al reintegrarle su papel como creador de referentes sociales y culturales o, si se quiere, como vocero de las expresiones, reflexiones y posturas de grupos sociales que intentan incidir en el paisaje de la nueva comunidad mundial, ahora lejos de algunos atavismos locales aunque, en ocasiones, lejos también de la “comodidad” del acceso al presupuesto oficial. Los cambios tecnológicos y sociales de las últimas décadas abrieron las compuertas para una participación generalizada en las tareas de edición, las cuales se constituyen actualmente en altavoces de diversos actores de esta gran comunidad local/global, quienes nos traen a cuento realidades omitidas anteriormente, novedosas perspectivas y distintas expectativas, para contribuir a crear el lenguaje propio de la era en ciernes que, alguna vez, un  profesor universitario denominara “posthumana”.