El año de 1847 es una de las más hondas cicatrices que definirán el rostro de nuestra Nación a lo largo de su existencia, y el mes de septiembre de ese año representa un momento emblemático de la resistencia y la dignidad de nuestro pueblo, así como del frecuente distanciamiento entre las aspiraciones de nuestra sociedad y las pretensiones de sus gobernantes.
Nuestra Patria continuaba asediada por el gobierno de los Estrados Unidos, que había promovido los intentos separatistas de Yucatán (1840 – 1844) y después, una vez decretada la anexión de Texas a ese país en 1845, ocultaba sus pretensiones expansionistas con el argumento de la defensa de ese nuevo estado frente a los intentos mexicanos de recuperarlo.
James K. Polk, presidente de aquel país, ambicionaba no sólo la anexión de Texas sino también la de California y Nuevo México; para estos efectos propuso al gobierno de México que reconociera como límite de Texas al Río Bravo, en vez de la tradicional limitación definida por el Río Nueces, ubicado muy al norte del Bravo, y ofreció cinco millones de pesos por Nuevo México y veinticinco por la Alta California. Ante el rechazo enérgico del gobierno de México, Polk optó por el camino de la guerra enviando a Zachary Taylor a provocar un enfrentamiento al avanzar con sus tropas, en marzo, cerca de la ribera del Río Bravo. Como era de esperarse las fuerzas mexicanas respondieron ante la invasión y, al no obtener respuesta a un ultimátum que conminaba a los estadounidenses a retirarse a la frontera, dispararon contra ellos el 25 de abril de 1846, lo cual sirvió a Polk para justificar la guerra ante el Congreso de su país. “Sangre norteamericana ha sido derramada en suelo norteamericano” profería mañosamente en ese Congreso.
A partir de entonces el ejército estadounidense inició su ataque, bloqueando Veracruz y atacando los puertos californianos de Monterrey y San Francisco, en lo que se ha calificado como una estrategia de conquista, obligando con ello al gobierno mexicano a declarar la guerra el 7 de julio de 1846
Durante el mes de agosto Valentín Gómez Farías entraba a la Ciudad de México, como preámbulo para restaurar la República después de los intentos infructuosos por parte de los conservadores para establecer en nuestro país una monarquía. Asimismo, Antonio López de Santa Anna regresaba del exilio en la Habana atravesando –sospechosamente- el bloqueo impuesto a Veracruz, gracias a negociaciones secretas con un enviado de Polk, quien sondeaba la posibilidad de conseguir su colaboración para abreviar la guerra. El Congreso Mexicano, en su intento por restablecer un orden republicano, nombra a Santa Anna presidente y a Gómez Farías vicepresidente; pero el primero de ellos deja el poder en manos del segundo y se pone al frente del ejército para combatir al invasor.
En febrero de 1847 las tropas estadounidenses bajo el mando de Taylor avanzan hasta Saltillo, Coahuila, en donde tiene lugar la célebre batalla de La Angostura en la que, no obstante que los mexicanos llevaban ventaja, Santa Anna ordena el retiro de las fuerzas porque considera que las tropas están cansadas y hambrientas dejando perder así, la batalla a los mexicanos. En tanto, Winfield Scott toma, en marzo, el Puerto de Veracruz e inicia el avance hacia la Ciudad de México. Santa Anna deja el Poder en manos del General Pedro María Anaya, después de que tiene lugar un levantamiento ocasionado por el clero a consecuencia de que Gómez Farías había iniciado la venta de los bienes de “manos muertas”, bienes improductivos en manos de la Iglesia, para financiar los gastos de la guerra; y continúa su campaña contra el ejército invasor al que enfrenta en Jalapa y Puebla, sin lograr detenerlo.
Las derrotas observadas en ese trayecto originan entre las fuerzas mexicanas su escisión para transformarse en incontables grupos de guerrilla, que se abocan a obstaculizar el avance del ejército norteamericano; incluso, como resultado de la derrota observada en Puebla, alrededor de 3000 irlandeses pertenecientes a las fuerzas invasoras, desertan y vuelven sus armas contra el ejército invasor, sumándose a las fuerzas nacionales que se agrupan con la División del Norte, bajo el mando del General Gabriel Valencia, en el Peñón Viejo, al noreste de la Ciudad, donde se espera el primer ataque.
En agosto de 1847 las fuerzas comandadas por Scott entran a la Ciudad de México, convertida en el foco de la resistencia nacional; pero eluden el encuentro en la zona del Peñón y se dirigen por el oriente hacia el sur, rodeando los lagos de Chalco y Xochimilco para entrar por la zona de Tlalpan y atacar San Ángel. Ante estos cambios, el 17 de agosto el General Valencia se desplaza del Peñón Viejo hacia San Ángel y decide colocarse en una adversa zona de pedregal conocida como el rancho de Padierna, (hoy colonia Héroes de Padierna), ante la incertidumbre de que el enemigo pueda atacar San Ángel o dirigirse hacia San Antonio. El enemigo aprovecha la posición endeble del Ejército del Norte comandado por el General Valencia y comienza a rodearlo, tomando primero la zona de Anzaldo y luego el bosque de San Jerónimo; la batalla se torna desesperada para la defensa de la ciudad, que ve cómo son cortadas sus líneas de escape y de apoyo e intenta en vano posicionarse en el bosque citado. En esas circunstancias, aparece una división de Santa Anna atacando el bosque de San Jerónimo y dividiendo la retaguardia del enemigo, que se percata de que está fatalmente expuesto a la intervención de Santa Anna, presentándose esta situación como otra oportunidad de someter al invasor –oportunidad que Santa Anna como general presidente no aprovechó. Heriberto Frías describe así lo que ocurrió allí:
“Iba a consumarse de pronto la derrota del adversario después de haber estado indeciso y aun adverso para nosotros el giro de la batalla, y, cuando en el instante del crepúsculo todos los nuestros esperan el ataque terrible de sus hermanos contra el enemigo común, vése inmóvil, ¡criminalmente inmóvil, frío espectador del tremendo drama! al general presidente, delante de sus tropas, ¡oh, de aquellas tropas que pudieron ser la salvación y la gloria de la Patria!...” (1).
Esa noche, Santa Anna retira a sus fuerzas y ordena a Valencia retirarse hacia San Antonio, pero el general rechaza la orden y decide permanecer ahí. Al amanecer del día 20 de agosto, la División del Norte se encuentra aislada y abandonada ante un enemigo ahora reagrupado por la oportunidad que tuvo y que se avasalla sobre la División la cual, al intentar resistir, pierde sus pertrechos; es incapaz de reaccionar con la caballería por lo difícil del terreno y encuentra sus municiones inutilizadas por la humedad de la lluvia nocturna. Solo algunos hábiles soldados logran escapar entre los bosques cercanos.
Santa Anna reagrupa las fuerzas en una segunda línea de defensa hacia el centro de la Ciudad, a donde llegaban a refugiarse las fuerzas desplazadas de Padierna y San Ángel aunque los acontecimientos se concentran en el Puente y Convento de Churubusco a cargo de los Generales Rincón y Anaya.
El ejército invasor ataca intensamente desde Coyoacán, pero enfrenta una decidida y caótica resistencia que le impide tomar el Puente del Churubusco y el fortificado Convento, por lo que envía otra división para cortar la retaguardia mexicana por la zona de Portales y La Troje. La batalla por el Puente de Churubusco se tornó muy sangrienta.
Ante el peligro de que sean cortados los suministros y la línea de huída por la zona de Portales, Santa Anna se dirige con dos regimientos para recuperar la retaguardia, pero al lograrlo después de un cruento combate, es informado de que se ha perdido el puente de Churubusco, lo que significa que el Convento, a 400 metros de distancia, ha quedado aislado entre cuando menos tres divisiones invasoras. El General Rincón demanda continuamente municiones para continuar la defensa del Convento, a pesar de que las manos de los artilleros están ennegrecidas por las explosiones de pólvora; sin embargo, solo alcanza a llegar un carro de municiones el cual, debido a su calibre, para desgracia de los defensores, sólo puede ser utilizada por las armas que porta el Batallón Irlandés de San Patricio, quienes sostienen con ellas, por un tiempo, el fuego defensivo. Algunos soldados intentan improvisar municiones utilizando la pólvora de esas balas de calibre inservible para las armas defensoras, pero la pólvora está húmeda. Mientras tanto, el ataque estadounidense por la retaguardia del Convento se verifica pero aviva la defensa heroica de Churubusco; es entonces cuando el General Anaya se lanza a caballo contra la cabeza de una columna invasora, apoyado por una carga de metralla que ocasiona una explosión en la que mandos y artilleros estadounidenses quedan fuera de combate.
Tres horas y media duró aquella batalla, en la que también participaron ciudadanos que nunca habían tomado un arma y padres al lado de sus hijos. Al llegar el silencio y viendo que no hay respuesta militar, (se habían agotado los pertrechos de nuestros compatriotas), el capitán Smith del ejército invasor enarbola una bandera blanca, y al ingresar los mandos estadounidenses en el Convento y preguntar al General Anaya la ubicación de las municiones, este les responde “si hubiera parque no estaría usted aquí”
Heriberto Frías comenta: “A las tres y media de la tarde había terminado todo en el sombrío Monasterio, habiendo tenido nuestras fuerzas una pérdida de 139 muertos y 99 heridos, la mayor parte artilleros, quedando en poder del enemigo tres generales, 104 oficiales y 1 155 soldados prisioneros; habiendo perdido aquél, entre muertos y heridos, 21 oficiales y 245 soldados”.
Para entonces, los defensores de la zona de Portales habían sido replegados por el ataque invasor y se reagrupaban en la defensa de la garita de San Antonio Abad.
El día 22 de agosto, ante el desgaste que presentaban las fuerzas beligerantes, se llega a un acuerdo de suspensión de hostilidades para buscar una solución política; dicho acuerdo, contenía extrañas “singularidades” que ¡permitían a las fuerzas invasoras proveerse de alimentos y recursos en la asediada Ciudad de México! Ello ocasiona la indignación de la población, la cual se vuelve en contra de los carros que transportaban los víveres para los estadounidenses. En esas circunstancias, ¡al gobernador de la Ciudad le parece inoportuna la protesta y lanza a la fuerza pública para contenerla creando la sorprendente paradoja de que, durante una invasión, la fuerza pública se vuelve contra la población defendiendo al invasor! Sólo la intervención del General Herrera logra contener la revuelta con el argumento de que al enemigo hay que enfrentarlo en el campo de batalla, y no durante la suspensión de hostilidades )what what what); a pesar de de esa represión contra la población civil, la resistencia y el rechazo popular continúan y el día 6 de septiembre el ejercito invasor declara suspendido el armisticio.
Los ataques estadounidense se habían concentrado en la línea de defensa sur de la ciudad, ubicada en San Antonio Abad, pero la estrategia cambia con un desplazamiento por la zona poniente, hacia las instalaciones militares de Molino del Rey ubicadas al poniente del bosque de Chapultepec, y Casa Mata -depósito de pólvora- más al noroeste, en donde suponen la existencia de una cantidad significativa de pólvora y pertrechos, y desde donde resulta más sencillo y definitivo el acceso hacia el centro de la ciudad. Santa Anna espera el ataque el día 7 de septiembre con el posicionamiento de diversas brigadas y regimientos en las distintas instalaciones comentadas en el poniente, el apoyo de una caballería de 4000 hombres ubicados en el bosque esperando el momento de entrar en acción, y el posible refuerzo de los cañones del Castillo de Chapultepec, pero el ataque no se presenta. Titubeando, opta por reforzar la línea de defensa del sur, donde sólo había garitas, y desplaza el cuerpo de los regimientos hacia San Antonio Abad, dejando sin sostén la batería de defensa central )la pólvora y pertrechos). Mientras tanto, las fuerzas enemigas habían reforzado su capacidad de ataque en la zona de Tacubaya, contando con 4000 hombres apoyados por una batería de cañones y 400 caballos.
Al amanecer del 8 de septiembre se inició el ataque sobre una Casa Mata y Molino del Rey debilitados. En primera instancia la batería de cañones enemigos se enfila a dañar la Casa Mata y fortalecer el avance de su fusilería; asimismo, dirige una parte de sus cañones hacia el bosque, esperando la respuesta de la caballería. Las baterías de Casa Mata no resisten sin apoyo y son embestidas por el ataque estadounidense, en tanto que las posiciones de Molino del Rey son insuficientes para reposicionarse en la batalla. Puede contenerse temporalmente el ataque a estas instalaciones gracias al apoyo que ofrece la batería de cañones ubicados al poniente del Castillo de Chapultepec, pero los fusileros invasores apoyados por su artillería logran tomar la Casa Mata y la artillería de defensa posicionada entre ésta y el Molino del Rey. Los soldados estadounidense llevaban ya los cañones capturados hacia sus posiciones, acompañándose con demostraciones de triunfo y festejo, cuando cargan contra ellos las columnas del General Echegaray y el General Balderas, acompañados del General León y el General Gelati, entre otros mandos, que había permanecido como reserva en el Castillo, y se produce un combate de fuego y armas blancas en una extensa faja de la zona, en el cual los heroicos generales arrancan los cañones que nos habían tomado los estadounidenses y recuperan la Casa Mata, rechazando reiteradamente, en extendida lucha cuerpo a cuerpo, las embestidas de columnas atacantes y el nutrido fuego de su artillería, solo apoyados por las baterías de cañones de Chapultepec. El ejército enemigo se retrae para relanzar su ataque en tres columnas, dirigidas al Molino del Rey, La Casa Mata y el flanco norte de ella, y nuevamente es rechazado por los batallones de Echegaray y Balderas, y las baterías de Chapultepec. La intervención de la caballería ubicada en el Bosque de Chapultepec habría significado la victoria en esos momentos, pero la impericia o la falta claridad en las órdenes o el mando impidió que cargara contra el enemigo, lo que facilitó la reagrupación del ejército invasor y finalmente el asalto demoledor al Molino y la Casa Mata, así como la pérdida final de las baterías. Heriberto Frías comenta:
“…cayeron en poder del enemigo, según sus mismos partes, más de 800 hombres, inclusive 51 oficiales, en su mayor parte de la Brigada León; pero el adversario sufrió también hondamente, teniendo 58 oficiales y 729 soldados fuera de combate”.
El impacto de la batalla en la Ciudad era inmenso, no obstante lo cual Santa Anna la celebró como un triunfo. ¿Porqué no había cargado la caballería?, se preguntaba la población, y comenzaba a extenderse la percepción que explicaba los resultados como consecuencia de una traición.
A partir de entonces, el ejército estadounidense dedica varios días a fortalecer sus posiciones desplazando refuerzos de Tlalpan, Churubusco y Coyoacán, a San Ángel y Tacubaya, a fin de preparar un vigoroso asalto al poniente de la Ciudad de México que le permitiera apoderarse de la altura que ofrece Chapultepec, y con ello, la ciudad. Para ello, ubica cañones de 16 pulgadas y obuses de 8 pulgadas desde la hacienda de la Condesa y desde diversas posiciones en el Molino del Rey y sus alrededores, y dirige los cañones de sitio hacia la loma del Castillo.
Scott engañó a Santa Anna haciéndole creer que atacaría por el sur, para lo cual envío dos divisiones para amenazar durante el día a las garitas defensivas del sur de la ciudad, pero con la instrucción de regresar sigilosamente por la noche a reunirse en Tacubaya. Nuevamente Santa Anna retira fuerzas de Chapultepec y se dirige con ellas hacia San Antonio Abad, Niño Perdido y La Candelaria, descubriendo los bastiones de defensa más importantes de la ciudad.
La madrugada del 12 de septiembre inicia el ataque estadounidense sobre el Castillo de Chapultepec, protegido apenas con pobres obras de fortificación a su alrededor y con siete piezas de artillería. El punto era comandado por el General Nicolás Bravo, asistido por el General Mariano Monterde, contando con tropas inexpertas que sumaban cerca de 800 hombres, distribuidos en los alrededores del Castillo y en el propio edificio. La respuesta defensiva resultaba pobre ante el nutrido ataque de la artillería estadounidense, que pronto ocasionaba estragos en las fortificaciones aledañas, por lo que se decidió replegar las tropas circundantes al Castillo en la parte oriente del mismo, y el ataque se mantuvo durante el resto de la jornada como un intenso bombardeo a las fortificaciones y el Castillo. En la noche se pudo constatar que el bombardeo había desmantelado gran parte de lo que podía servir para operar una resistencia, y de manera urgente se improvisaron algunas reparaciones; el ánimo decaía e incluso se registraban deserciones. Algunas tropas de caballería del General Álvarez permanecían en el bosque oriental inmersas en la confusión que provocaban las órdenes y contraordenes de Santa Anna y su estado mayor, y durante ese lapso arribó una fuerza del Estado de México, comandada por el Gobernador Francisco M. Olaguíbel, pero fue dirigida, junto con algunas reservas y el Estado Mayor de Santa Anna, a la ciudad.
El ataque se reinició al amanecer del día 13 con un nutrido bombardeo desde Molino del Rey y el sur de Chapultepec. El general Nicolás Bravo comunicó la desmoralización y la deserción de una parte importante de sus tropas, indicando la necesidad de sustituir a su regimiento por otro en diferentes condiciones, pero Santa Anna decidió no enviar auxilio hasta la hora del ataque; Nicolás Bravo, solicitó además el apoyo del general Rangel, ubicado al oriente del Castillo, quien le indicó que el apoyo no era posible sin la autorización del general presidente.
A las nueve de la mañana el ejército invasor lanza tres columnas para envolver a Chapultepec, que se enfrentan en combate cuerpo a cuerpo con la resistencia en las inmediaciones del bosque; las fuerzas del enemigo son superiores y comienzan a penetrar arrollando los puntos de oposición. A pesar de los avisos del general Nicolás Bravo, Santa Anna, ubicado en la calzada de Belén (hoy Arcos de Belén), decide enviar solo una columna, el Batallón de San Blas, al mando del Teniente Coronel Santiago Xicoténcatl.(!)
Al llegar, Xicoténcatl ya no tuvo la opción de subir al Castillo dadas las proporciones del ataque, por lo que abre su batallón al interior del Bosque para romper el desemboque de las columnas asaltantes con una acción que era imposible sostener por mucho tiempo, lo que trae como consecuencia que paulatinamente comienza a ser rodeado para caer épicamente, con su batallón, a los pies del cerro.
Sin una resistencia importante en el Bosque, el ejército estadounidense sube por la rampa y por el pedregal que rodea al Castillo frente a un nutrido fuego de los defensores; se ve en la necesidad de reforzar el ataque para llegar al edificio donde continúa la refriega, ahora sostenida por la defensa de los cadetes del Colegio Militar, a quienes el general Bravo, dada la situación, había ordenado retirarse. La batalla sigue en el Castillo y finalmente la mayor parte del Colegio es tomada, en tanto que los cadetes vivos y algunos soldados son acorralados y hechos prisioneros en el jardín ubicado en el velador.
Al mismo tiempo, cerca del Molino del Rey, los custodios de los sobrevivientes del Batallón de San Patricio esperaban que se izara la bandera estadounidense en el Castillo, para fusilarlos.
Fortalecida su posición con Chapultepec, el ejército norteamericano avanza sobre las fuerzas ubicadas junto al acueducto que lleva a Belén, y se adentra en la Ciudad de México en donde enfrenta directamente a los habitantes, armados sólo de algunos fusiles y pistolas porque Santa Anna y la jerarquía católica se habían opuesto a distribuir pertrechos a la población civil y a liberar a los presos para enfrentar la invasión. El centro de la ciudad se convertiría por unos días en una batalla entre soldados estadounidenses y los motines de los habitantes y ataques desde distintos edificios cercanos al Zócalo; ante la falta de armas la población tomó lo que hubiera a su alcance para repeler las fuerzas extranjeras, destruyendo incluso muros para detener a pedradas la invasión y evitar que cayera el corazón del país en manos invasoras.
La mañana del 16 de septiembre de 1847 se izó la bandera estadounidense en el Palacio Nacional.
El 2 de febrero de 1848 se firma el Tratado de Guadalupe Hidalgo. “El gobierno mexicano logró evitar la cesión de Sonora, Chihuahua y Baja California, pero tuvo que aceptar al Río Bravo como frontera, y ceder a los Estados Unidos los territorios de Nuevo México y Alta California, por los cuales recibiría 15 millones de pesos; además, la línea divisoria establecida afectó a los estados de Tamaulipas y Sonora, y el territorio de Baja California” (2)
Santa Anna renunció a la presidencia pero mantuvo un tiempo el mando del ejército con la esperanza de contraatacar a los invasores, pero ante su fracaso, decidió autoexiliarse. En 1853 los conservadores lo llamaron nuevamente para proponerlo como caudillo, e inició un gobierno dictatorial caracterizado por su fastuosa imitación de las cortes europeas y por la formación de una nobleza constituida por altos jefes militares y jerarcas del grupo conservador y de la iglesia, quienes le dispensaron el trato de “Alteza Serenísima”.
Actualmente, cerca de la esquina que forman las avenidas Circuito Interior y San Cosme, en la colonia San Rafael de la Ciudad de México, existe un cementerio donde fueron sepultadas las bajas de ejército estadounidense durante su invasión a México, el cual increíblemente continúa siendo territorio de Estados Unidos (!).
En el Museo Nacional de Historia, ubicado en el Castillo de Chapultepec, permanece –arrumbada en sus bodegas- la Bandera de México, manchada con sangre de sus defensores, que nunca fue tomada por el ejército invasor.
1) Heriberto Frías
Padierna, Churubusco y Chapultepec
Fondo de Cultura Económica
http://bibliotecadigital.ilce.edu.mx/sites/fondo2000/vol1/padierna/html/indice.html
2) Gloria M. Delgado de Cantú
Historia de México
México. 1997. Ed. Alhambra Mexicana